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jueves, 21 de abril de 2016

La aventura de los molinos de viento, Miguel de Cervantes

                Iban hablando de reinos y reyes cuando descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento en aquel campo. Cuando don Quijote los vio, le dijo a su escudero:
                —La suerte va guiando nuestros pasos, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, O pocos más, inmensos gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas. Así empezaremos a enriquecernos y haremos un gran servicio a Dios al quitar tan mala simiente de la tierra.
                —¿Qué gigantes? –preguntó Sancho Panza.
                —Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
                —Mire vuestra merced -dijo Sancho- que aquellos que allí se ven no son gigantes, sino molinos de viento. Y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, cuando el viento les da vueltas, hacen andar la piedra del molino.
—Bien se ve que no sabes de aventuras –le respondió don Quijote-. ¡Claro que son gigantes! Y si tienes miedo, quítate de ahí y reza mientras yo entro en batalla con ellos.
                Y diciendo esto, dio con las espuelas a Rocinante y sin hacer caso de los gritos de Sancho, que le decía que eran molinos de viento y no gigantes, se lanzó contra ellos. A grandes voces les decía:
                —¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os ataca!
                En eso se levantó un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse. Don Quijote, al verlo, les dijo:
                —Pues aunque mováis más brazos que el gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
                Y diciendo esto, pidiendo a su señora Dulcinea que lo ayudase, bien cubierto con su escudo, la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió al primer molino que estaba delante. Al darle una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos y se llevó tras de sí al caballo y al caballero, que cayó rodando por el campo.
                Acudió enseguida Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno. Y cuando llegó, vio que no se podía mover, ¡tal fue el golpe que Rocinante dio con él!
                —¡Válgame Dios! – dijo Sancho–. No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento?
                —Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote-; que las cosas de la guerra están sujetas a continuos cambios. Ha sido aquel sabio Frestón, el que me robó el aposento y los libros, quien ha convertido estos gigantes en molinos para quitarme la gloria de vencerlos.
                Sancho le ayudó a levantarse y a subir en Rocinante, que algún buen golpe llevaba también. El buen hidalgo iba de medio lado por el dolor de la caída, pero le dijo a su escudero que los caballeros andantes no se quejaban de herida alguna aunque les salieran las tripas por ella. Sancho le dijo que él pensaba quejarse del dolor más pequeño si no fuera que eso del no quejarse también fuese propio de los escuderos. Y don Quijote le dijo, sonriéndose, que podría é1 quejarse lo que quisiera.
                Era ya hora de comer, y así se lo recordó Sancho. El caballero le dijo que é1 no iba a hacerlo, pero que podía comer cuanto quisiera. Sancho se acomodó lo mejor que pudo sobre el asno, sacó de las alforjas lo que había puesto y fue comiendo y caminando tras su señor sin olvidarse de beber -y con mucho gusto de la bota.
                Aquella noche la pasaron entre unos árboles. Don Quijote rompió una rama seca y con el hierro de la lanza rota hizo otra nueva. El hidalgo no durmió en toda la noche pensando en su señora Dulcinea, porque había leído en sus libros que los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados pensando en sus damas. En cambio, Sancho Panza, que tenía el estómago lleno y no de agua, durmió de un tirón. Lo despertó su amo. Sancho se puso triste al ver el poco vino que le quedaba, y su amo no quiso tampoco entonces comer nada. Se fueron hacia Puerto Lápice, y hacia las tres lo vieron ya a lo lejos.
                Don Quijote estaba convencido de que allí podría meter las manos hasta los codos en aventuras. Le advirtió a su escudero que, aunque le viera en peligro, no podía intervenir en la lucha a menos que advirtiera que le atacaba gente baja; que según las leyes de caballería, no podía enfrentarse a caballeros hasta que no fuese él  armado también caballero. Sancho le dijo que podía estar tranquilo, que en eso le obedecería al pie de la letra, porque él era muy pacífico. Pero si se metían con él, se defendería, y le importaría muy poco si eran caballeros O no.
                Estaban hablando de esto cuando asomaron por el camino dos frailes de San Benito, que iban sobre unas mulas que parecían dos dromedarios. Llevaban sus anteojos de camino –una especie de antifaz con cristales para protegerse del sol y del polvo– y quitasoles.
                Detrás de ellos venía un coche, con cuatro o cinco caballeros y dos mozos de mula a pie. En el coche venia una señora vizcaína, que iba a Sevilla, donde estaba su marido que se iba a las Indias con un cargo importante. Los frailes no iban con ella, aunque seguían el mismo camino.
                En cuanto don Quijote los vio, dijo a su escudero:
                —O yo me engaño, O esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto. Esos bultos negros que se ven deben de ser encantadores que llevan a alguna princesa, que han raptado, en aquel coche. ¡Hay que liberarla enseguida!
                —Peor será esto que los molinos de viento –le dijo Sancho–.
                Mire, señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de algún viajero. Mire bien lo que hace, no sea que el diablo le engañe.
                Pero tampoco le hizo caso esta vez don Quijote; sino que se puso en mitad del camino y, cuando vio que los frailes podían oírle, les dijo:
                —Gente endiablada, dejad enseguida las altas princesas que lleváis a la fuerza en ese coche. Si no, preparaos a morir como castigo a vuestras malas obras.
                Los frailes, admirados de la figura y de las palabras de don Quijote, detuvieron las riendas y le dijeron:
                —Señor caballero, nosotros no somos endiablados, sino dos frailes de San Benito y no sabemos si van o no a la fuerza en ese coche princesas.
                Pero don Quijote, diciendo que ya les conocía y llamándoles “fementida canalla”, atacó al primer fraile con tanta fuerza que, si él no se dejara caer de la mula, lo derribara. El segundo religioso, al ver el ataque a su compañero, golpeó con las piernas y talones a su mula y empezó a correr por el campo.
                Sancho, que vio en el suelo al fraile, bajó con gran rapidez de su asno y empezó a quitarle los hábitos. Dos mozos que lo vieron le preguntaron por qué lo hacía, y Sancho les dijo que cogía lo que le tocaba como despojos de la batalla que había ganado su señor. Los mozos, que no sabían de batallas, aprovechando que don Quijote estaba hablando con las del coche, le molieron a coces y lo dejaron tendido en el suelo, sin aliento y casi sin sentido. El fraile, muerto de miedo, subió encima de su mula y fue a la misma velocidad que su compañero en su busca, y los dos, sin esperar a saber más, siguieron su camino espantados de todo el suceso.
                Mientras tanto, don Quijote hablaba con la señora del coche como si fuera su libertador. Le decía que él, don Quijote de la Mancha, caballero andante y cautivo de la hermosa dona Dulcinea del Toboso, había acabado con sus robadores y que lo único que le pedía a cambio es que fuera a ver a su señora para contarle como la había liberado.
Le estuvo escuchando un escudero, vizcaíno, de los que acompañaban el coche. Al ver que no dejaba pasar el coche adelante, sino que decía que tenían que volver al Toboso, le asió de la lanza y le dijo que los dejara seguir su camino, que si no, lo mataría.
                Don Quijote, con mucho sosiego, le contestó que, si fuera caballero, ya hubiera castigado su atrevimiento. ¡Cómo se puso el vizcaíno al oír que decía que no era caballero! Le desafió a enfrentarse con él a espada. Don Quijote, sin dudar un instante, tiró la lanza y saco la espada. Cogió el escudo y atacó al vizcaíno con intención de quitarle la vida. El vizcaíno sacó también su espada, cogió una almohada del coche para que le sirviera como escudo y se fue hacia é1. Todos quisieron ponerlos en Paz, pero el vizcaíno decía que lo dejaran; que si no, é1 mismo iba a matar a su señora y a toda la gente que se lo estorbase. Aquélla, temerosa de lo que estaba viendo, mando al cochero que desviase un poco el coche, y desde lejos se puso a mirar la batalla.
                El vizcaíno le dio una gran cuchillada a don Quijote encima del hombro, pero el escudo le protegió. Al sentirlo, el caballero, invocó la ayuda de su señora Dulcinea, apretó la espada y arremetió contra el vizcaíno. Estaba el vizcaíno esperándole, protegido con la almohada, la espada en alto. Todos estaban mirando asombrados la batalla; la señora y sus criadas rezaban para que Dios les librase a ellas y a su escudero de aquel gran peligro. Don Quijote avanzaba contra el vizcaíno dispuesto a atravesarle con su espada…
                Y resulta que en ese punto deja el autor de esta historia pendiente la batalla, porque dice que no encontró nada más escrito de las hazañas de don Quijote. Por suerte el segundo autor de esta historia no quiso creer que no se conservaran en algún archivo, en algún escritorio de algún sabio de la Mancha, papeles que tratasen de este famoso caballero, y así no desesperó de hallar el fin de esta apacible historia. Cómo lo consiguió, lo contará enseguida.


Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. (Adaptación: Rosa Navarro Durán.) 2015. Edebé. 

martes, 19 de abril de 2016

Autorretrato, Miguel de Cervantes

Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha , y del que hizo el Viaje del Parnaso , a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.

Miguel de Cervantes: Novelas ejemplares.

lunes, 18 de abril de 2016

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.
Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como
su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Parte I; Cap.I
http://www.elmundo.es/quijote/capitulo.html?cual=1

lunes, 11 de abril de 2016

De lo que ocurre a don Quijote cuando sale de la venta, Miguel de Cervantes

A1 amanecer, don Quijote salió de la venta tan contento por verse ya armado caballero que reventaba de gozo. Y acordándose de los consejos del ventero, decidió volver a su casa para coger todo lo que le había dicho y pedirle a un vecino suyo, un labrador pobre y con hijos, que fuese su escudero. Guio hacia su aldea a Rocinante, que, al conocer el camino, iba tan deprisa que parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho cuando le pareció oír voces en un bosque que quedaba a su mano derecha, como si una persona se quejase; y pensando que eran de un menesteroso que necesitaba su favor y ayuda, encaminó a Rocinante hacia allá.
Nada más entrar en el bosque, vio una yegua atada a una encina y en otra a un muchacho de unos quince años, desnudo de medio cuerpo arriba. Un labrador le estaba azotando con el cinturón.
A cada azote le decía:
—La lengua quieta y los ojos listos.
Y el muchacho le respondía:
—No lo haré mas, señor mío. Y yo le prometo que tendré de aquí adelante más cuidado del rebaño.
Don Quijote, al ver lo que pasaba, airado, le dijo al labrador:
—Descortés caballero, estáis pegando a quien no puede defenderse. Subid sobre vuestro caballo, tomad vuestra lanza –tenía una junto a la encina–, y yo os demostraré cómo es de cobardes hacer 10 que estáis haciendo.
El labrador, que vio aquel hombre armado y la lanza sobre su cara, se dio por muerto y con buenas palabras le respondió:
—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado. Guarda un rebaño de ovejas que tengo cerca de aquí, y es tan descuidado que cada día me falta una. Y porque castigo su descuido O desvergüenza (no sé si es é1 quien las roba), dice que lo hago porque soy un miserable y no quiero pagarle el jornal que le debo, ¡y por Dios que miente!
—¿"Miente» le dice delante de mí, ruin villano? –dijo don Quijote–. Estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Desatadle y pagadle inmediatamente.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado. Don Quijote le pregunto al chico cuanto le debía; y é1 dijo que nueve meses, a siete reales por mes. Don Quijote contó –mal– y dijo al labrador que al momento le diese los setenta y tres reales que le debía si no quería morir.
El labrador, que quería descontarle tres pares de zapatos de lo que le debía, ante la creciente indignación de don Quijote, le dijo que no tenía allí dinero, que fuera Andrés a su casa y que le pagaría un real tras otro. Y empezaron entonces a disputar Andrés y don Quijote. El muchacho no quería ir a casa del amo porque temía que allí los azotes iban a llover sobre é1; y el caballero le replicaba que se guardara muy mucho su amo de hacer tal cosa, porque bastaba que jurase como caballero para que cumpliera el juramento. Andrés replicaba que su amo no era caballero, sino Juan Haldudo el Rico, vecino del Quintanar; y don Quijote seguía diciendo que hay Haldudos caballeros y que cada uno era hijo de sus obras.
Por fin, el labrador juro por todas las órdenes de caballerías que le pagaría los reales que le debía uno tras otro. Y don Quijote le amenazó con ir a buscarle y hacerle cumplir el juramento, aunque se escondiese más que una lagartija, si no cumplía su palabra.
Y añadió, para que supiera quién le obligaba, que él era el valeroso don Quijote de la Mancha. Diciendo esto, pico a Rocinante y se marchó.
No bien hubo desaparecido don Quijote, el labrador volvió a atar a Andrés a la encina y le dio todos los azotes que quiso. Luego le dejó ir para que fuera a buscar a su defensor y que cumpliera su amenaza. Andrés, que juraba ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha, se fue llorando, y su amo se quedo riendo.
Así deshizo el agravio el valeroso caballero, que iba camino de su casa contentísimo de su primera hazaña.
En esto llegó a un camino que se dividía en cuatro y se acordó de las encrucijadas en donde los caballeros se ponían a pensar qué camino tomarían. Por imitarlos, estuvo un rato quieto, pensando, y al final dejo que eligiera Rocinante, que escogió enseguida el camino de casa.
Habían andado ya unas dos leguas cuando don Quijote vio venir un grupo de gente; luego se sabría que eran mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, venían con sus quitasoles, cuatro criados a caballo y tres mozos de mula a pie.
Nada más verlos, don Quijote creyó que iba a su encuentro una nueva aventura, y por imitar los libros que había leído, se le ocurrió poner en práctica uno de los pasos habituales en ellos.
Afirmó bien los pies en los estribos, apretó la lanza y, puesto en la mitad camino, estuvo esperando a que llegaran los caballeros andantes que é1 veía. Y cuando lo hicieron, les dijo:
—Todo el mundo se detenga si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Los mercaderes se detuvieron al ver y oír a tan extraña figura; y, aunque enseguida se dieron cuenta de su locura, quisieron ver en qué paraba la confesión que les pedía. Uno de ellos, que era un poco burlón, le dijo que no sabían quién era tal señora; pero que, si les mostraba un retrato y veían que era tan hermosa como decía, confesarían tal verdad con mucho gusto.
Don Quijote replicó al punto:
—Si os la mostrara, ¡qué mérito tendría confesar una verdad tan clara? La  importancia está en que, sin verla, lo habéis de creer, confesar, jurar y defender. Y si no, entraréis conmigo en batalla, O uno a uno, como pide la orden de caballería, O todos juntos, como es costumbre de gente como vosotros.
Al oírle, el mercader siguió pidiéndole que les ensenara un retrato para que ellos no confesaran algo que no habían visto; y añadió que ya casi estaban dispuestos a jurarlo aunque el retrato mostrara que la dama era tuerta de un ojo y que del otro le salía bermellón O azufre.
¡Con qué cólera contestó don Quijote!
—No le sale, canalla infame, eso que decís, sino ámbar; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso. ¡Pero vosotros pagaréis la gran blasfemia que habéis dicho contra ta1 beldad como es la de mi señora!
Y arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con ta1 furia que, si la buena suerte no hiciera que en mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara muy mal el atrevido mercader. El caballero fue rodando por el camino y cuando se quiso levantar, no pudo porque el peso de las antiguas armas se lo impedía. Y a pesar de su lamentable situación, seguía diciendo:
—Non fuyáis, gente cobarde, que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido!
Un mozo de mulas, al ver que seguía con su arrogancia, le cogió la lanza, la hizo pedazos y con uno de ellos le empezó a dar tantos palos que lo dejó molido. Y luego continuó con los otros trozos la tempestad de palos sobre el miserable caballero caído, que aun así seguía amenazando a cielo y tierra.

Al final, el mozo se cansó, y los mercaderes siguieron el camino dejando al pobre apaleado tendido en el camino.

Texto adaptado: versión de Rosa Navarro; Edebé, 2015.

jueves, 31 de marzo de 2016

El barón rampante, Italo Calvino


Al día siguiente, cuando bajamos a la bodega a examinar los efectos de nuestro plan, a la luz de una vela inspeccionamos las paredes y los corredores. «¡Aquí hay uno! ¡Aquí otro! ¡Mira éste hasta dónde ha llegado!» Ya una hilera de caracoles sin grandes claros recorría el suelo y las paredes, del tonel al ventanuco, siguiendo nuestra pista. «¡Rápido,caracoles! ¡De prisa, escapad!», no pudimos contenernos de decirles, viendo los animalillos andar lentamente, no sin desviarse en inútiles rodeos por las desconchadas paredes de la bodega, atraídos por ocasionales depósitos y mohos y grumos; pero la bodega estaba oscura, abarrotada, accidentada; esperábamos que nadie pudiera descubrirlos, que todos tuvieran tiempo de escapar.
  
En cambio, aquel alma sin paz de nuestra hermana Battista de noche recorría toda la casa a la caza de ratones, sosteniendo un candelabro, y con la escopeta bajo el brazo. Aquella noche pasó por la bodega, y la luz del candelabro iluminó un caracol perdido en el techo, con la estela de baba argéntea. Retumbó un disparo. Todos en las camas nos sobresaltamos, pero enseguida volvimos a hundir la cabeza en la almohada, acostumbrados como estábamos a las cacerías nocturnas de la monja doméstica. Pero Battista, destruido el caracol y desplomado un trozo de revoque con aquel escopetazo irrazonable, comenzó a gritar con su vocecilla estridente: «¡Socorro! ¡Se escapan todos!¡Socorro!» Acudieron los criados medio desnudos, nuestro padre armado con un sable, el abate sin peluca, y el caballero abogado, aún antes de entender nada, por miedo a incordios, escapó al campo y se fue a dormir a un pajar.
  
Al claror de las antorchas todos se pusieron a dar caza a los caracoles por la bodega,aunque a nadie le importaran gran cosa, pero ahora ya estaban despiertos y no querían admitir, por el amor propio de siempre, que se habían molestado para nada. Descubrieron el agujero en el tonel y comprendieron en seguida que habíamos sido nosotros. Nuestro padre vino a calentarnos a la cama, con el látigo del cochero. Acabamos recubiertos de estrías violetas en la espalda, las nalgas y las piernas, encerrados en un triste cuartucho a modo de prisión.
  
Nos tuvieron allí tres días, a pan, agua, ensalada y sopa fría (que, por suerte, nos gustaba). Después, la primera comida en familia, como si nada hubiese ocurrido, todos de maravilla, aquel mediodía del 15 de junio; ¿y qué había preparado nuestra hermana Battista, encargada de la cocina? Sopa de caracoles y guiso de caracoles. Cósimo no quiso tocar ni siquiera un caparazón. «¡Comed u os volvemos a encerrar de inmediato en el cuartucho!» Yo cedí, y empecé a tragarme los moluscos. (Fue un poco una bajeza por mi parte, que hizo que mi hermano se sintiera más solo, por lo que en su abandonarnos había también una protesta contra mí, que lo había decepcionado; pero sólo tenía ocho años, y además ¿de qué sirve comparar mi fuerza de voluntad, o mejor, la que podía tener de niño con la obstinación sobrehumana que marcó la vida de mi hermano?)
  
- ¿Y eso? - dijo nuestro padre a Cósimo.

- ¡No y no! - dijo Cósimo, y rechazó el plato.

- ¡Fuera de esta mesa! Pero Cósimo ya nos había vuelto las espaldas y estaba saliendo del comedor.
- ¿Adónde vas? Lo veíamos por la puerta de cristales mientras cogía su tricornio y su espadín en el vestíbulo.
- ¡Lo sé yo! - y corrió hacia el jardín.
- Nunca cambiaré de idea - dijo mi hermano desde la rama.
- ¡Ya verás, en cuanto bajes!
- ¡No bajaré nunca más! Y mantuvo su palabra.


  
Al cabo de un momento, por las ventanas, vimos que trepaba por la encina. Iba vestido y acicalado con gran pulcritud, tal como nuestro padre quería que viniese a la mesa, pesea sus doce años: cabellos empolvados con lazo en la coleta, tricornio, corbata de encaje, frac verde con colas, calzones de color malva, espadín, y polainas altas de piel blanca hasta medio muslo, única concesión a una forma de vestir más acorde con nuestra vida campestre. (Yo, como sólo tenía ocho años, estaba dispensado de los polvos en los cabellos, salvo en las ocasiones de gala, y del espadín, que en cambio me habría gustado llevar). Así que subía por el nudoso árbol, moviendo brazos y piernas por las ramas con la seguridad y rapidez que se debían a la larga práctica llevada a cabo conjuntamente.
  
Ya he dicho que en los árboles pasábamos horas y horas, y no por algún motivo provechoso como hacen tantos chicos, que suben a ellos sólo para buscar fruta o nidos de pájaros, sino por el placer de salvar salientes del tronco y horcaduras, y llegar lo más arriba posible, y encontrar sitios adecuados donde entretenernos mirando el mundo allá abajo, y poder gastar bromas a quien pasara por debajo. Consideré pues natural que el primer pensamiento de Cósimo, en aquel injusto ensañarse contra él, hubiese sido el de trepar a la encina, árbol que nos era familiar, y que teniendo las ramas a la altura de las ventanas del comedor, imponía su actitud desdeñosa y ofendida a la vista de toda la familia.
  
- Vorsicht! Vorsicht! Pobre, ¡se va a caer! - exclamó ansiosa nuestra madre, que nos habría visto de buena gana a la carga bajo los cañonazos, en tanto que se inquietaba por todos nuestros juegos.
  
Cósimo subió hasta la horquilla de una gruesa rama en donde podía estar cómodo, y se sentó allí, con las piernas que le colgaban, cruzado de brazos con las manos bajo los sobacos, la cabeza hundida entre los hombros, el tricornio calado sobre la frente. Nuestro padre se asomó al antepecho.
  
- ¡Cuando te canses de estar ahí ya cambiarás de idea! - le gritó.

miércoles, 16 de marzo de 2016

El maestro Hora y Momo, Michael Ende

Siguieron paseando por la gran sala y el maestro Hora le fue enseñando más cosas todavía, pero Momo todavía estaba pensando en el acertijo.
-Dime -dijo al final-, ¿qué es el tiempo, de verdad.
- Si acabas de descubrirlo tú misma -le contestó el maestro Hora.
-No -dijo Momo-, quiero decir el tiempo mismo. Tiene que ser una cosa u otra. Existe. ¿Qué es, en realidad?
-Sería bonito -contestó el maestro Hora- que también a esto pudieras contestar tú misma.
Momo reflexionó largo rato.
-Esta ahí -dijo, hundida en sus pensamientos-, eso es seguro. Pero no se le puede tocar. Ni retener. ¿Acaso sea algo parecido a un olor? Pero también es algo que siempre pasa. Así que tiene que venir de algún lugar. ¿Acaso es algo así como el viento? O no. Ya lo sé. Quizá sea una especie de música que no se oye porque suena siempre. Aunque creo que ya le he oído alguna vez, muy bajito.
-Lo sé -asintió el maestro Hora-, por eso pude hacerte venir hasta aquí.
-Pero aún tiene que ser algo más -continuó Momo, que seguía persiguiendo sus pensamientos-, porque la música venía de muy lejos, pero sonaba muy dentro de mí. Puede que con el tiempo ocurra lo mismo. -Calló, trastornada, y añadió perpleja-: Quiero decir, como las olas se originan en el agua por el viento. Bah, no estoy diciendo más que tonterías.
-Creo -dijo el maestro Hora-, que lo has dicho de un modo muy bonito. Por eso te voy a confiar un secreto: de aquí, de la casa de Ninguna Parte, en la calle de Jamás, vine el tiempo de todos los hombres.
Momo le miró, admirada.
-Oh! -dijo en voz baja-. ¿Lo haces tú mismo?
El maestro Hora volvió a sonreír.
-No, querida niña. Yo sólo soy el administrador. Mi obligación es dar a cada hombre el tiempo que le está destinado.
-¿No podrías organizarlo de tal manera -preguntó Momo-, que los ladrones de tiempo no pudieran robar más a los hombres?
-No, eso no puedo hacerlo -contestó el maestro Hora-, porque lo que los hombres hacen con su tiempo, tienen que decidirlo ellos mismos. También son ellos quienes han de defenderlo. Yo sólo puedo adjudicárselo.
Momo recorrió con la mirada la sal y preguntó:
-Para eso tienes tantos relojes, ¿no? ¿Uno para cada hombre?
-No, Momo -contestó el maestro Hora-. Esos relojes no son más que una afición mía. Sólo son reproducciones muy imperfectas de algo que todo hombre lleva en su pecho. Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo. Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo. Pero, por desgracia, hay corazones ciegos y sordos que no perciben nada, a pesar de latir.
-¿Y si un día mi corazón dejara de latir? -preguntó Momo.
-Entonces -replicó el Maestro Hora-, el tiempo se habrá acabado para ti, mi niña. También se podría decir que eres tú quien vuelve a través del tiempo, a través de todos tus días y noches, tus meses y años. Regresas a través de tu vida hasta llegar al portal de palta por el que una vez entraste. Por allí vuelves a salir.
-Y, ¿qué hay del otro lado?
-Entonces has llegado al lugar de donde procede la música que, muy bajito, ya has oído alguna vez. Pero entonces tú formas parte de ella, eres un sonidod entro de ella.
Miro, inquisitivo, a Momo.
-Pero eso no podrás entenderlo todavía, ¿verdad?
-Sí, -contestó Momo-, creo que sí.
Recordó su camino a través de la calle de jamás, en la que había vivido todo al revés, y preguntó:
- ¿Eres tú al muerte?
El maestro Hora sonrió y calló un rato antes de contestar:
- Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida.
-No hace falta más que decírselo -propuso Momo.
-¿Tú crees? -preguntó el maestro Hora-. Yo se lo digo con cada hora que les adjudico. Pero creo que no quieren escucharlo. Prefieren creer a aquellos que les dan miedo. Eso también es un enigma.
-Yo no tengo miedo -dijo Momo. (…)

Michael Ende, Momo, Madrid: Alfaguara, 2000, páginas 151-153.

jueves, 10 de marzo de 2016

Caperucita en Manhattan, Carmen Martín Gaite

Caperucita en Central Park
Sara se encontró sola en un claro de árboles de Central Park; llevaba mucho rato andando abstraída, sin dejar de pensar, había perdido la noción del tiempo y estaba cansada. Vio un banco y se sentó en él, dejando al lado la cesta con la tarta. Aunque no pasaba nadie y estaba bastante oscuro, no tenía miedo. Pero sí mucha emoción. Y una leve sensación de mareo bastante gustosa, como cuando empezó a levantarse de la cama, convaleciente de aquellas fiebres raras de su primera infancia. El encuentro con miss Lunatic le había dejado en el alma un rastro de irrealidad parecido al que experimentó al salir de aquellas fiebres y acordarse de que a Aurelio ya nunca lo iba a conocer. [...]
Estaba tan absorta en sus recuerdos y ensoñaciones que, cuando oyó unos pasos entre la maleza a sus espaldas, se figuró que sería el ruido del viento sobre las hojas o el correteo de alguna ardilla, de las muchas que había visto desde que entró en el bosque. Por eso cuando descubrió los zapatos negros de un hombre que estaba de pie, plantado delante de ella, se llevó un poco de susto. [...]
Pero al alzar los ojos para mirarlo, sus temores se disiparon en parte. Era un señor bien vestido, con sombrero gris y guantes de cabritilla, sin la menor pinta de asesino. Claro que en el cine ésos a veces son los peores. Y además no decía nada, ni se movía apenas. Solamente las aletas de su nariz afilada se dilataban como olfateando algo, lo cual le daba cierto toque de animal al acecho. Pero en cambio la mirada parecía de fiar; era evidentemente la de un hombre solitario y triste. De pronto sonrió. Y Sara le devolvió la sonrisa.
—¿Qué haces aquí tan sola, hermosa niña? —le preguntó cortésmente—. ¿Esperabas a alguien?
—No, a nadie. Simplemente estaba pensando.
—¡Qué casualidad! —dijo él—. Ayer más o menos me encontré a estas horas una persona que me contestó lo mismo que tú. ¿No te parece raro?
—A mí no. Es que la gente suele pensar mucho. Y cuando está sola más.
—¿Vives por este barrio? —preguntó el hombre mientras se quitaba los guantes. 
—No, no tengo esa suerte. Mi abuela dice que es el mejor barrio de Manhattan. Ella vive al norte, por Morningside. Voy a verla ahora y a llevarle una tarta de fresa que ha hecho mi madre.
De pronto, la imagen de su abuela, esperándola tal vez con algo de cena preparada, mientras leía una novela policíaca, le parecía tan grata y acogedora que se puso en pie. Tenía que contarle muchas cosas, hablaría hasta caerse de sueño, sin mirar el reloj. ¡Iba a ser tan divertido!
De la transformación de miss Lunatic en madame Bartholdi no le podía hablar, porque era un secreto. Pero con todo lo demás ya había material de sobra para hacer un cuento bien largo.
Se disponía a coger la cestita, cuando notó que aquel señor se adelantaba a hacerlo, alargando una mano con grueso anillo de oro en el dedo índice.
Le miró, había acercado la cesta a su rostro afilado rodeado de un pelo rojizo que le asomaba por debajo del sombrero, estaba oliendo la tarta y sus ojillos brillaban con cordial codicia.
—¿Tarta de fresa? ¡Ya decía yo que olía a tarta de fresa! ¿La llevas ahí dentro, verdad querida niña?
Era una voz la suya tan suplicante y ansiosa que a Sara le dio pena, y pensó que tal vez pudiera tener hambre, a pesar del aspecto distinguido. ¡En Manhattan pasan cosas tan raras! [...]

Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan (Ed. Siruela, 1990. pp. 161-164)
Ilustración de la autora para la edición de Siruela

jueves, 25 de febrero de 2016

La pastora Marcela, Miguel de Cervantes

Bien les pareció, a los que escuchado habían, la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien él se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión -que tal parecía ella- que improvisamente se les ofreció a los ojos; y fue que, por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas, apenas la hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con un epitafio que había de decir desta manera:
YACE AQUÍ DE UN AMADOR
EL MÍSERO CUERPO HELADO,QUE FUE PASTOR DE GANADO,PERDIDO POR DESAMOR.MURIÓ A MANOS DEL RIGORDE UNA ESQUIVA HERMOSA INGRATA,CON QUIEN SU IMPERIO DILATA

LA TIRANÍA DE AMOR.

Miguel de Cervantes: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (I, 14).

jueves, 14 de enero de 2016

Los sabios del lenguaje


Seguidamente fuimos a la escuela de idiomas, donde tres profesores estaban deliberando sobre cómo mejorar el de su país.

El primer proyecto era abreviar el discurso reduciendo los polisílabos a una sílaba y eliminando verbos y adjetivos, porque en realidad todas las cosas que pueden imaginarse no son sino nombres.

El otro proyecto era un esquema para suprimir total y absolutamente todas las palabras; y esto se recomendaba encarecidamente como un gran beneficio desde el punto de vista de la salud y de la brevedad, pues es evidente que cada palabra que hablamos significa en cierta medida la disminución de los pulmones por desgaste, y por tanto contribuye a acortar la vida. Se ofrecía por tanto una solución, y era que, como las palabras son sólo nombres de cosas, más práctico sería que todos los hombres llevaran encima las cosas que necesitaran para expresar concretamente aquello de lo que tuvieran que hablar. Y este invento se habría puesto en práctica, para mayor comodidad y salud del individuo, si las mujeres junto con la plebe y los analfabetos no hubieran amenazado con alzarse en rebelión si no se les daba libertad para hablar con la lengua según el uso de sus abuelos, que tan irreconciliable enemigo de la ciencia es siempre el vulgo. No obstante, muchos de los más doctos y sabios han abrazado el nuevo método de expresarse por medio de cosas, que conlleva sólo un inconveniente, y es que si un hombre tiene que tratar un asunto muy amplio y muy variado se ve obligado naturalmente a llevar a cuestas un bulto más grande de cosas, a menos que pueda permitirse el lujo de uno o dos criados que lo acompañen. A menudo vi a dos sabios de éstos casi derrengados bajo el peso de los fardos, como nuestros vendedores ambulantes, que, cuando se veían en la calle echaban al suelo sus cargas, abrían el costal y sostenían una conversación durante una hora entera; guardaban luego sus instrumentos, se ayudaban el uno al otro a echarse otra vez la carga y se despedían.
Pero para conversaciones cortas un hombre puede llevar en los bolsillos y bajo los brazos instrumentos de sobre para manejarse, y en casa nunca se encontrará sin saber qué decir; por eso la habitación donde se reúnen quienes practican este arte llena de todas las cosas, puestas bien a mano, que puedan proporcionar materia para este tipo de charla artificial.
Otro gran beneficio que ofrecía este invento era su utilización como idioma universal, que pudiera entenderse en todas las naciones civilizadas cuyos productos y utensilios son por lo general del mismo tipo o casi parecidos, de manera que sus aplicaciones pudieran comprenderse fácilmente. Así los embajadores estarían capacitados para negociar con soberanos extranjeros o ministros de gobierno cuyo idioma desconocieran totalmente.

Jonathan Swift: Los viajes de Gulliver, cap. V